viernes, 6 de junio de 2008

LA OPERATIVIDAD DE LA MASCULINIDAD 5

CONCLUSIÓN
Si los esquemas entendidos como masculino y femenino no obedecen a ninguna ley más que la tradición, es posible modificarlos y adaptarlos a las realidades que entrelazan y establecen la convivencia entre un sexo y otro. Partir de la identificación y aceptación de los contextos en que se desarrollan las relaciones entre féminas y varones. Porque no es posible ya la coexistencia entre mujeres y hombres a partir de esquemas anquilosados que resultan arcaicos, desfasados, caducos en la actual dinámica de las relaciones humanas.
Porque es preciso cobrar conciencia de la necesidad urgente de modificar los paradigmas tradicionales y adoptar otros más prácticos y menos injustos que contribuyan al desarrollo integral de las personas. Porque mujeres y hombres somos diferentes no solamente en lo biológico sino en el ser y hacer cotidianos, pero tal premisa no debería (pretender) justificar la desigualdad que en términos sociales ellas continúan padeciendo y ellos reproduciendo en serie.
Es, pues, impostergable la necesidad de reivindicar la dignidad de cada individuo y crear las condiciones necesarias para que éstos se desenvuelvan convenientemente en cualquier medio sin menosprecio de su diversidad y por ende, su diferencia.
Porque ninguna ley (natural o cultural) justifica la subordinación de lo femenino bajo el yugo de lo masculino. Porque la masculinidad también está en crisis y es preciso deseducar, primero; educar y reeducar, después; a los varones que las nuevas feminidades requieren en aras de alcanzar un equilibrio (aunque sea precario).
Porque es posible otra realidad en un mundo que también es distinto. Porque los seres humanos aspiramos siempre a una forma de felicidad y la convivencia justa, equilibrada y sana entre mujeres y hombres es una manera de ser felices en tanto que somos dueños de nosotros mismos, ergo, más libres.
Porque es tarea conjunta alcanzar acuerdos entre hombres y mujeres que devengan los nuevos y necesarios modelos de coexistencia para alcanzar una convivencia social armónica que incentive el respeto, la autonomía, la realización integral de los cuerpos sexuados, los cuerpos pensantes y los cuerpos sensibles.
La operatividad de lo que se denomina la “nueva” masculinidad se ejecuta desde posiciones correlacionadas entre los géneros masculino y femenino. Relaciones entre unas y otros y consigo mismo, que conformen “relaciones de equivalencia” que distribuya el ejercicio del poder de manera equitativa (o menos asimétrica) entre todos y no solamente en la relación (que no oposición) hombre-mujer.
No más la bipolaridad hombre-mujer, sino apostar por las correlaciones que configuren redes por las cuales discurra el poder proporcionalmente según las necesidades reales de mujeres y hombres; conformar “relaciones de equivalencia” que fomenten la equidad de género.
Romper decididamente con la práctica del poder vertical que deviene tiranía, autocracia. Acabar con el cliché de que el hombre manda y la mujer obedece son replicar; vencer el tabú de que las mujeres no saben (ni quieren) ejercer el poder. Que el binomio masculino-femenino no sea el fin intrínseco que justifique la convivencia humana sino el punto focal de la integración plena de un poder horizontal en el que ambos géneros aporten los elementos necesarios para conformar los nuevos paradigmas sociales.
BIBLIOGRAFÍA
Amuchástegui Ana e Ivonne Zsasz, Sucede que me canso de ser hombre…relatos y reflexiones sobre masculinidades en México, COLMEX, México, 2007.
Bosch, Esperanza et al, Historia de la misoginia, Anthropos, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca, 1999.
Conell, R.W., Masculinidades, UNAM, México, 2003.
Gilmore, D. G., Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad, Paidós, Barcelona, 1994.
Hèritier, Françoise, Masculino/femenino II, Disolver la jerarquía, FCE, Buenos Aires, 2007.
Kempch Dávila, Arturo (comp.): Equidad de género. Por una vida más en equilibrio, Editorial Cartón, México, 2007.
Londoño, Nelson y Hernando Bedoya: Matemática progresiva, tomo 2, Norma Editorial, Bogotá, 1990.
Osborne, Raquel, La construcción sexual de la realidad, Feminismos, Cátedra, Madrid, 2002.
Santos Guerra, Miguel Ángel: El harem pedagógico. Perspectivas de género en la organización escolar, GRAO, Barcelona, 2000.
Seidler, Víctor J., La sinrazón masculina. Masculinidad y teoría social. Paidós-UNAM, México, 2000.

LA OPERATIVIDAD DE LA MASCULINIDAD 4

LA OPERATIVIDAD DE LA MASCULINIDAD

La masculinidad, como la feminidad entonces, se lleva a cabo en el intercambio de acciones de uno y otro género en situaciones varias y en contextos distintos que van desde el orden personal, afectivo, laboral, entre otros, lo que supone una constante lucha de poder. El enfrentamiento de los sexos, que deviene una crisis que si bien, no paraliza la comunicación entre ambos, si la obstaculiza. En consecuencia, los varones tenemos que buscar los procedimientos que nos permitan recuperar la autoridad (el poder) y la autoestima torpedeada en la confrontación con ellas.
Una de las formas más comunes empleadas por los varones para recuperar o mantener el poder es ejercer la fuerza. Y como se parte del supuesto que la verdadera masculinidad surge de los cuerpos de los hombres, se cree que somos proclives a la violencia en sus diversas manifestaciones, y que por ello, los varones no estamos capacitados para manifestar afectividad, solicitar ayuda en situaciones concretas, cooperar en las tareas del hogar, convivir con individuos que ejercen formas de sexualidad no heterosexual ni asumir actitudes que parezcan “feminizadas” ni negociar el ejercicio de la autoridad.
De ahí que para reeducar a los hombres (previa deseducación de la idea errada de que masculino es igual a violento), es necesario que se comprenda la relación que guarda el cuerpo de los varones y su masculinidad. La masculinidad, entendida así, se definiría como yo soy masculino porque soy hombre y porque lo soy, soy violento. Pero los cerebros no están diseñados para producir la violencia; pues no existe evidencia científica que afirme que el cerebro de los varones contenga en sí mismo el germen de la violencia. Si algunos hombres somos violentos es porque (las más de las veces) elegimos actuar así, con independencia de que existan agravantes que “expliquen” tal comportamiento. Porque se ha reproducido la idea de que una manifestación de la masculinidad (rol de género
[1]) es el conducirse de manera desapacible y temeraria ante los demás. Pero al evidenciarse que tal conducta es resultado de una “educación” tradicionalista que justifica los hechos violentos o más grave aún, de una volición (el deseo de hacer ostensible el poder y la fuerza), no se sostiene la sinonimia establecida, a partir de la práctica cotidiana, entre masculinidad y ejercicio de la fuerza; según Conell “…una masculinidad específica se constituye en relación con otras masculinidades y con la estructura total de las relaciones organizadas con base en el género” (:213)[2]. Así mismo, señala que las relaciones sociales de la masculinidad se construyen desde la hegemonía, la subordinación, la complicidad y la marginación (:122), las cuales explico a continuación:
a) Hegemonía. La masculinidad denominada hegemónica se caracteriza por ser la configuración de la práctica de género que incorpora la respuesta social aceptada, en un momento específico, al proceso de la legitimidad del patriarcado lo que garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres (yo te protejo, luego, tú me perteneces) y de otros hombres menos fuertes.
b) Subordinación. Una función de la masculinidad es la de dominar, mantener sometido a otras personas y siempre desde una posición de superioridad que se haga explícita en quienes oprime.
c) Complicidad. Si la masculinidad se evidencia en el ejercicio del poder, algunas veces éste debe ser “repartido” con otros varones para mantenerlo. La negociación de la hegemonía le permite seguir siendo poderoso.
d) Marginación. Ésta función de la masculinidad se ejerce como una forma de autoridad de los hombres a partir de saberse dentro del grupo dominante, lo cual conlleva prácticas y discursos de exclusión manifestados por la masculinidad hegemónica hacia todo aquello que considera ajeno al “círculo de poder”.
Si comenzamos a reformular cómo debe ejercitarse la (nueva) masculinidad, disminuiremos la incertidumbre que agobia y agota a muchos varones que dubitan sobre cómo deben manifestar todo aquello que los hace masculinos. Llegados a este punto propongo el término ‘correlaciones’
[3].
Los hombres no solamente estamos en contacto con las mujeres sino que también convivimos con otros varones y consigo mismo. Dicho de otro modo los hombres establecemos relaciones de simetría (más que de oposición) con las mujeres, de reflexión (comunicación interpersonal) y transitivas (con otras personas de distinto sexo y género). Al cumplimiento de estas tres propiedades en el discurso matemático se le denomina “relación de equivalencia”
[4]. Y ésta sólo se establece a partir de la relación que un elemento a de un conjunto A mantiene con otro elemento, pongamos b del mismo conjunto. Explico:
Cuando establecemos una relación en un conjunto A puede analizarse estas propiedades:
a) Propiedad reflexiva: se estable si cada elemento a pertenece A está relacionado consigo mismo: a
La relación “tiene la misma letra inicial de” es reflexiva. Ejemplo.
Juan tiene la misma letra inicial de Juan. Milena tiene la misma letra inicial de Milena.
b) Propiedad simétrica: una relación de simetría se cumple cada vez que a está relacionada con b, entonces b está relacionada con a: a b
La relación “tiene la misma letra inicial de” es simétrica. Ejemplo.
Si Ana tiene la misma letra inicial de Alicia, entonces Alicia tiene la misma letra inicial de Ana.
c) Propiedad transitiva: si un elemento a está relacionado con b y b está relacionado con c, entonces a está relacionado con c: a b
c
La relación “tiene la misma letra inicial de” es transitiva. Ejemplo:
Si José tiene la misma letra inicial de Jesús, y Jesús tiene la misma letra inicial de Juan, entonces José tiene la misma letra inicial de Juan.
Haciendo una extrapolación del discurso matemático al plano social podríamos establecer la relación “ejerce el poder” entre elementos de un mismo conjunto (en este caso la sociedad) y obtendríamos los siguientes resultados:
a) Un hombre ejerce el poder sobre un hombre (sí mismo). Propiedad reflexiva.
b) Un hombre ejerce el poder sobre una mujer, entonces una mujer ejerce el poder sobre un hombre. Propiedad simétrica.
c) Un hombre ejerce el poder sobre otro hombre, y este otro hombre ejerce el poder sobre un tercer hombre, entonces el tercer hombre ejerce el poder sobre el primer hombre. Propiedad transitiva.
Dado que la relación en un conjunto determinado, en este caso, el ejercicio del poder, cumple con la propiedad reflexiva, simétrica y transitiva es posible afirmar que se ha establecido una “relación de equivalencia”. Equivalencia, no simetría
[5]. Lo anterior nos plantea cuestionarnos si la equidad de género[6] no es una utopía, un estado inalcanzable en las relaciones sociales entre mujeres y hombres. Sin embargo, si fomentamos que entre ambos sexos se establezcan “relaciones de equivalencia”, de cierta manera estaremos construyendo la igualdad entre los géneros, toda vez que dicha condición de equilibrio permitiría el encuentro comunicativo (no la confrontación, sí el intercambio) entre unas y otros.
De modo que la realización de la mayoría de las actividades sociales, tendrían que llevarse a cabo considerando las capacidades, aptitudes e intereses de los individuos implicados y no en función de lo que se ha determinado debe cumplir cada sexo. Por ello es preciso desmontar los antiguos esquemas anquilosados del ser y hacer de las personas que se conducen creyendo que así como actúan cumplen con la función que su identidad y el rol de género les exige. Dicha tarea le corresponde, en gran medida, a las instituciones que poseen una resonancia mayor en el ámbito público, como es el caso de la escuela, por citar un ejemplo
[7].
[1] Identidad de rol de género: grado en que la persona cree haberse ajustado a su rol de género, es decir, la medida en que la persona considera que su comportamiento se ajusta al estándar que opera en su cultura y que determina cómo debe ser el comportamiento masculino o femenino. Cfr. Esperanza Busch et al, Historia de la misoginia, Anthropos, Universitat de les Illes Balears, Palma de Mallorca, 1999.
[2] Género: género es el conjunto de ideas sobre la diferencia sexual que atribuye características “femeninas” y “masculinas” a cada sexo, a sus actividades y conductas, y las esferas de la vida. Cfr. César Ricardo Azamar Cruz, Los procesos de mejoramiento y de degradación en La cresta de Ilión de Cristina Rivera Garza Una propuesta de lectura desde los estudios de género. Tesis (inédita). Mientras que la identidad de género se adquiere en la infancia, cuando se accede al lenguaje y previamente al reconocimiento de la diferencia sexual anatómica. Cfr. Marta Lamas, El género. La construcción cultural de la diferencia sexual, UNAM, 2003. Y el papel de género, Es el tipo de comportamiento que tendrán los y las integrantes de una sociedad dependiendo de los parámetros que ésta dicte. Cfr. R. W. Conell, Masculinidades, UNAM, México, 2003.




[3] Es la relación de tipo estadístico entre varios datos, por ejemplo: entre la cantidad de lluvia, temperatura y cantidad de cosecha. La correlación no permite ninguna afirmación acerca del origen y del efecto. Cfr. Diccionarios Rioduero. Matemáticas, Ediciones Rioduero, Madrid, 1980.
[4] Cfr. Nelson Londoño y Hernando Bedoya: Matemática progresiva, tomo 2, Norma Editorial, Bogotá, 1990.
[5] En general, construcción espacial en partes simétricas; en otro sentido, también la regularidad de las partes de una totalidad. Cfr. Diccionarios Rioduero. Matemáticas, Ediciones Rioduero, Madrid, 1980. Existen dos tipos de simetría: Simetría central (o simetría respecto a un punto) y Simetría axial (o simetría respecto a un eje). Cabe señalar, que en las relaciones entre hombres y mujeres no es posible la simetría en el sentido matemático del término, ya que ambos sexos más que piezas opuestas son elementos complementarios. De lo que se infiere que tal simetría tampoco es deseable, puesto que implicaría la anulación de un género u otro.
[6] Por equidad entre dos partes se entiende la situación en la que ninguna de ellas resulta favorecida de manera injusta en perjuicio de la otra. La equidad entre mujeres y hombres, además de que significa alcanzar igualdad en el acceso a las oportunidades, implica relaciones de respeto y consideración mutuos. Cfr. Dávila Arturo Kempch (comp.): Equidad de género. Por una vida más en equilibrio, Editorial Cartón, México, 2007.
[7] La escuela junto con la familia y los medios de comunicación, son las instituciones que mayor responsabilidad tienen en la transmisión de modelos sexistas. Cfr. Miguel Ángel Santos Guerra: El harem pedagógico. Perspectivas de género en la organización escolar, GRAO, Barcelona, 2000.

LA OPERATVIDAD DE LA MASCULINIDAD 3

MASCULINIDADES EN ACCIÓN

La tipificación del ideal de comportamiento masculino o femenino es abstracta pero está normativizada hasta el estereotipo, generándose así los estereotipos de los roles masculino y femenino. De manera que para ser considerados dentro de uno u otro papel social hay que “actuar” en consecuencia con esa etiqueta que se nos ha asignado. Y como lo hemos señalado, en todas las sociedades las diferencias biológicas han servido de base para la asignación de roles de género, considerando que el sexo biológico establece la presencia de unas determinadas pautas de comportamiento, que van mucho más allá de los roles sexuales propiamente dichos
[1]. Pero dicha rigidez no es tal y los papeles varían en función de la cultura y a través del tiempo.
Estas diferencias se hacen manifiestas en los estadios de socialización, entendiendo por ésta, el proceso por el cual las personas aprenden y hacen suyas las pautas de comportamiento de su entorno sociocultural. De modo que los varones vamos aprendiendo a lo largo de la vida actitudes y herramientas que contribuyen a forjar nuestra autonomía y para progresar en el ámbito público; en tanto que a las mujeres se les educa para asumir la subordinación y su lugar en el ámbito privado. Gloria Poal lo explica así:
El proceso de socialización de los varones:
1. reprime la esfera afectiva
2. potencia libertades, talentos y ambiciones diversos que faciliten la autopromoción
3. fomenta mucho estímulo, poca protección
4. orienta hacia la acción, lo exterior, lo macrosocial
5. mueve hacia la independencia
6. valora el trabajo, se les inculca como una obligación prioritaria y definitoria de su condición.
En tanto que el proceso de socialización de las mujeres:
1. estimula la esfera afectiva
2. reprime libertades, talentos y condiciones
3. fomenta poco estímulo, mucha protección
4. orienta hacia la intimidad, lo interior, lo microsocial
5. promueve la dependencia
6. el trabajo no es una obligación para ellas (citada por Bosh: 124-125).

Dicha dicotomía plantea las relaciones entre mujeres y hombres como una balanza equilibrada que permite el desarrollo de los potenciales humanos con total armonía, determinando que no existe causa alguna para modificar tal orden social. Es por eso, que la ruptura de dicho esquema se considera una trasgresión (en tanto que se falta a lo establecido) no sólo al ejercicio de los papeles sociales sino a la identidad de rol de género (piensan muchos que el individuo infractor no está a gusto con su género) y al rol de género mismo, inclusive. Tal osadía se paga con la exclusión del grupo social (y sexual) de quien ha cometido la falta y con la acusación permanente de haber afrentado lo que los demás consideran su naturaleza. Pues a la mayoría de las personas les parece normal que si se nace hombre se actúe como tal y lo mismo se espera si se nace mujer, que actúe femeninamente. Y ejercer dichos papeles implica sumisión a las mujeres, apropiación de su cuerpo (y todo lo demás, en tanto que se considera, desde la masculinidad más recalcitrante que éste es un derecho natural de los hombres), ya que la violencia se percibe como legítima (siempre y cuando la ejerza el varón) porque permite el mantenimiento del orden doméstico o exterior
[2]. La sumisión de las mujeres a la voz masculina queda justificada porque al tomar posesión del cuerpo femenino marcamos un territorio material que nos hace poderosos ante otros hombres; porque como cita Hèritier: “el honor masculino reside en la virtud de las mujeres de la familia” (:77). También, porque al no poseer los varones la capacidad de pregnancia, la única manera que tiene de contrarrestar esta limitación es enunciar con énfasis, que el embarazo no se produce sin la participación activa (el esperma) del hombre.

[1] Rol sexual: comportamientos determinados por el sexo biológico de la persona, incluyendo menstruación, embarazo y lactancia en caso de las mujeres.
Rol de género: conjunto de expectativas, prescripciones y estándares sobre los comportamientos sociales que se consideran propios de las personas en función de su sexo biológico, actitudes, percepciones, afectividades, entre otros. Cfr. Busch, op. Cit.

[2] Hèritier considera que: “…el ejercicio de la violencia por parte de la mujer es como la última trasgresión de la frontera entre los sexos” (:77). Masculino/femenino II, Disolver la jerarquía, FCE, Buenos Aires, 2007.

LA OPERATIVIDAD DE LA MASCULINIDAD 2

LO EMOTIVO Y LO MASCULINO

Los hombres aprendemos a vivir nuestra emotividad a partir de la culpa (cuando no del rechazo de toda afectividad), ya que el feminismo ha “explicado” la experiencia de ser hombre como “violadores en potencia”, lo que conlleva a asumir una actitud que por un lado desmienta la acusación mujeril y por otra, nos permita desquitarnos de tal afrenta. Y si los varones somos seres “racionales”, no es posible que nos permitamos el lujo de equivocarnos ni darles la razón a las mujeres. Lo anterior nos sumerge en un conflicto constante.
Los hombres crecemos escuchando juicios que nos catalogan como “malos” por naturaleza, y esto forja en nuestra interioridad la noción de que es imposible subsanar, cambiar o transformar la masculinidad adquirida. Tal situación urge a reconocer las tensiones y las contradicciones que hay en la experiencia de los hombres, lo cual resulta muchas veces difícil de identificar porque estamos habituados a eliminar cualquier manifestación afectiva. Esto nos forja una apariencia de individuos incapaces para adoptar decisiones y acciones en el espacio de lo emocional. De modo que se da por hecho que los hombres nunca asumimos la responsabilidad de nuestra vida, pues primero la madre y luego la pareja (femenina, se sobreentiende en el discurso heterosexual) la asume por nosotros. Los varones interpretamos –porque así somos educados- que el amor se manifiesta mediante el hecho de que alguien satisfaga nuestras necesidades sin que medie la necesidad de decirlo con palabras. Porque tal es la condición de privilegio que hemos advertido recibían los varones en el ámbito doméstico en el que crecemos. Al racionalizar el sentimiento, los hombres aprendemos a comunicar nuestras necesidades personales y emocionales con apenas sugerirlo de manera no verbal. Así, temerosos del rechazo afectivo rara vez integramos la experiencia de asumir responsabilidades por nosotros mismos. Seidler aclara: “…cuando los hombres aprenden a reconocer sus emociones y sus sentimientos, con ello aprenden qué valor dar a aspectos diferentes de su experiencia” (:178). Asumir tal vivencia significa que también aprendemos a enfrentar nuestra afectividad sin que esto implique una merma de nuestra virilidad, el eterno temor de muchos varones.
Como la identidad masculina se constituye y sostiene dentro del ámbito público resulta difícil manifestar nuestras emociones con nuestra pareja y amistades. Esa idea de que “tenemos que arreglárnosla por nuestra cuenta” sigue arraigada y nos limita (cuando no impide), tender puentes afectivos con los demás. Por eso es común que los hombres nos sintamos encerrados dentro de nosotros mismos, padeciendo una suerte de asfixia emocional que limita el desenvolvimiento de nuestra afectividad, pues aún experimentando la necesidad de acercarnos emotivamente a otras personas constantemente nos percibimos incapaz de lograrlo. Es como si hubiésemos aprendido (y en la práctica así es) a guardar nuestros sentimientos negativos para nosotros mismos con la finalidad de no causar daños a terceros si compartimos tales preocupaciones; en realidad se trata del temor a que conozcan que también somos vulnerables afectivamente; ese afán absurdo de demostrar en todo momento la entereza de nuestro carácter; el sin sentido de una emotividad fragmentada cuando no diezmada. Seidler concluye al respecto que los hombres: “…en el seno de la modernidad hemos aprendido a identificarnos como seres racionales de una manera que hace que el acceso a nuestras emociones nos parezca una amenaza, ya que puede poner en duda la imagen que aprendemos a sustentar de nosotros mismo como seres libres e independientes” (:204). Lo cual explica, mas no justifica, que en el marco de la cultura masculina dominante (masculinidad hegemónica
[1]) aprendemos a tratar a las mujeres como objeto sexual y a desairarla y a menospreciar su presencia con el fin de afirmarnos a nosotros mismos; como si la masculinidad sólo pudiera definirse por represión o la anulación de la feminidad y no por su relación con ella. Pero esta actitud de desprecio y de sometimiento lo hacemos expansivo también a todos los seres débiles o a aquellos que consideramos de un rango inferior al nuestro. La masculinidad opera desde la imposición[2].

[1] La noción de masculinidad hegemónica, que fue acuñada y desarrollada por autores anglosajones (Connell, 1995, 1997, 1998; Kimmel, 1997, 1998; Kaufman, 1997; Seidler, 1994), es definida como "una configuración (...) que encarna la respuesta corrientemente aceptada al problema de la legitimidad del patriarcado, la que garantiza la posición dominante de los hombres y la subordinación de las mujeres" (Connell, 1997:39), tiene como atributo central la heterosexualidad; de modo que se prescribe para los hombres un determinado deseo y un ejercicio de la sexualidad consecuente con él. Entre los elementos probatorios de la hombría encontramos la mantención de relaciones sexuales con mujeres como uno de importancia capital (Gilmore, 1994; Badinter, 1993; Fuller, 1997a, 1997b; Kimmel, 1997; Connell, 1997; Valdés y Olavarría, 1998; Olavarría, et al., 1998). Este universo simbólico puede, en un determinado momento cultural e histórico, constituir la "estrategia" aceptada y en uso de ser hombre; en este sentido es hegemónica. De este modo, una forma de masculinidad puede ser exaltada en vez de otra, pero es el caso que una cierta hegemonía tenderá a establecerse sólo cuando existe alguna correspondencia entre determinado ideal cultural y un poder institucional, sea colectivo o individual. Según los mandatos del modelo hegemónico de masculinidad un hombre debería ser: activo, jefe de hogar, proveedor, responsable, autónomo, no rebajarse; debe ser fuerte, no tener miedo, no expresar sus emociones; el hombre es de la calle, del trabajo. En el plano de la sexualidad, el modelo prescribe la heterosexualidad, desear y poseer a las mujeres, a la vez que sitúa la animalidad, que sería propia de su pulsión sexual, por sobre su voluntad; sin embargo, el fin último de la sexualidad masculina sería el emparejamiento, la conformación de una familia y la paternidad. El modelo hegemónico se experimenta con un sentimiento de orgullo por ser hombre, con una sensación de importancia. Moralmente el modelo indica que un hombre debe ser recto, comportarse correctamente y su palabra debe valer; debe ser protector de los más débiles que están bajo su dominio: ­niños, mujeres y ancianos, además de solidario y digno (Valdés y Olavarría, 1998:15-16). De este modo, el modelo encarnado en una identidad "se transforma en un mandato ineludible, que organiza la vida y las prácticas de los hombres" (Ibíd.: 16).
http://www.flacso.cl/flacso/main.php?page=noticia&code=80
[2] Entiéndase por operatividad la capacidad de producir algo o el efecto que se pretendía. También es la capacidad para funcionar o estar en activo. Cfr. Diccionario Espasa Calpe.

LA OPERATIVIDAD DE LA MASCULINIDAD

INTRODUCCIÓN
En su capacidad para restringir, reprimir o anular sus emociones (debilidad siempre es sinónimo de femenino) se mide cultural, social, personal y afectivamente la masculinidad de los varones. Lo cual reafirma lo expresado categóricamente por Mark Twain: “Un hombre no puede sentirse a gusto sin su propia aprobación”
[1].

Ser un hombre verdadero, es pues, un individuo que evitará, hasta donde le sea posible, manifestar algún gesto que quiebre o ponga en el abismo de la dubitación la imagen masculina que de sí éste se ha forjado, so pena de dejar de serlo para los otros y para él mismo. Para ser hombre no basta con parecer masculino sino representarlo con convicción en todos los ámbitos de la experiencia humana.

El varón debe caracterizarse por su ser y hacer racional si quiere preciarse de su condición de hombre de verdad, y en consecuencia, está obligado a inhabilitar convenientemente el tinglado de su emotividad. Pienso, luego hombre, podría afirmarse.

ANTECEDENTES

La idea de hacer de la sociedad un orden que partiera de lo racional surge en la Ilustración, cuando se planteó la necesidad de reestructurar a la sociedad
[2]. Su filosofía política está basada en el derecho natural que tienen todos los hombres a la vida, a la libertad y a la propiedad privada. Pero este noble fin excluyó a las mujeres en tanto personas, ya que llevar a cabo la construcción de la sociedad moderna implicó –quizás inconscientemente- hacerla a “imagen de los hombres”. Pues aunque en esta época se creyó que los avances científicos y técnicos que se estaban verificando no sólo mejoraban al hombre materialmente sino también moralmente, el ser humano no se fue volviendo más bueno. No al menos lo que la mayoría podemos entender como tal[3]. De modo que el anhelo de alcanzar un régimen basado en la igualdad y en la libertad tardaría mucho en consolidarse. Sin embargo (desde hace tiempo), hemos seguido creyendo la idea de que la razón define nuestra humanidad en tanto se contrapone a nuestra naturaleza “animal”. La Ilustración establecía una distinción tajante entre razón y naturaleza, y tal división legitimó la supremacía de la razón, obviamente masculina, porque según Seidler: “…ésta es la que se relaciona con la autoridad de una ‘masculinidad racional’, como si los hombres pensaran en la razón como algo propio y así legitimaron la organización de la vida privada y pública a su propia imagen” (:26). La autoridad de la razón, como consta, estaba (está) expresamente vinculada con la autoridad patriarcal del hombre; niños y mujeres e incluso otros hombres (menos fuertes) tenían que existir en función de los hombres y no como personas por derecho propio.

Esta realidad que fue cuestionada, primero por el feminismo, y más adelante por los estudios de género, ha dado paso a una serie de transformaciones en el ámbito de las relaciones entre mujeres y varones, la cual ha roto el frágil equilibrio que mantenía en orden la convivencia social entre los sexos, esa “desigualdad armoniosa”, que si bien se sostenía en una situación injusta conseguía darle sentido a las relaciones humanas. Al evidenciarse la asimetría se ha generado un aluvión de modificaciones que hacen que tanto hombres como mujeres sientan perdido el rumbo de lo que significa ser masculino y femenino. En esta contingencia es como llegamos al actual ejercicio de la masculinidad, que desprovista ya de los asideros tradicionales, debe configurase a partir de nuevos paradigmas que partan no de la oposición a lo femenino sino en relación con lo femenino.

[1] EL PAÍS, sábado 31 de mayo de 2008, Número 11309, Año 33.
[2] Cfr. Víctor J. Seidler, La sinrazón masculina. Masculinidad y teoría social. Paidós-UNAM, México, 2000.
[3] Persona que tiene bondad desde el punto de vista moral, consigna el Diccionario de uso del español de América y España.

jueves, 5 de junio de 2008

PENSÁNDOLO BIEN...



Dime con queer andas y te diré queer eres.

martes, 3 de junio de 2008