viernes, 12 de enero de 2018

¿QUIÉN PUEDE HABLAR?

Por las implicaciones que tiene, hay una acción más importante que la de No-pensar: decir lo que se piensa sin reflexionar sólo porque existe la posibilidad de hacerlo saber. En los tiempos que corren, el acceso a Internet y el uso masivo de las redes sociales han convertido amplias zonas del ciberespacio en los “nuevos” pasillos del chismorreo, las murmuraciones y el antaño común “corre, ve y dile”. Pero a diferencia de aquella rumorología que afectaba de manera puntual, la verborrea digital se torna viral y magnifica el ruido.
De suerte, que la opinión de cualquiera volcada en el momento (in)oportuno, puede prender una chispa y provocar un incendio de altas dimensiones. Así, señalar a alguien de esto o aquello, deviene certeza; la versión de un evento puede ser sólo eso: un relato sobre cientos de versiones más que maximizan el primer suceso, lo alteran, lo transforman y deviene otro. Otros. El murmullo adquiere el estatus de juicio de valor. Y la valoración se ha convertido en ley, sentencia, palabra divina cuando no en anatema.
De modo que no sorprende que en toda esta promiscuidad de opiniones lo que menos prime sea el sentido común, el respeto o la justicia. Menos aún, el derecho a disentir. El silencio (el derecho a quedarse callado o a no opinar) se ha anulado. Puesto que quien no se suma al hilo del vocerío electrónico se torna sospechoso de estar, justamente, del lado contrario de aquello que arde en las redes sociales. El sentido práctico ha sido devorado por el sinsentido voraz de destruirlo todo.
La antigua voz del profeta llamada a derribar para construir, se alza en los desiertos del espacio virtual, destructora, desafiante y tonta, pero convencida de ser la única, la elegida, la ungida para destruir ahí donde hace eco la palabra tóxica. Los eriales de la sinrazón producen los antiguos monstruos que otrora hizo germinar la Ilustración.
Si fue escrito o expresado en la red, entonces existe y lo referido es verdad incuestionable. La vuelta a los esencialismos y los fanatismos de diversa índole, el resurgimiento y poblamiento del espacio virtual y el real de turbas excitadas de rabia, desprecio y resentimientos varios arrasándolo casi todo, así como la tozudez de bastantes, son algunos de los frutos de un narcisismo que no tiene llenadera y de un solipsismo que asusta cuanto más ignaro y brutal es.
El derecho a expresarse con libertad ha mermado otro derecho: el de disentir. Y ha convertido el ágora en ring; al orador en azuzador de hordas; al tonto en coach. De manera que la antigua decencia desluce y no es convidada al banquete del “tengo derecho a decir lo que pienso”. Por supuesto que en tal afirmación no cabe la consideración del otro, menos aún el reconocimiento del otro, porque el otro no existe sino como objeto de la injuria, la burla, el chisme, el desprecio. O se está de un lado o del otro, aunque entre una orilla y la de enfrente no exista mucha diferencia. El punto medio, como el silencio, está proscrito.
¿Alguien pinchará el botón de alerta para advertirnos de que esta supuesta libertad de expresión en realidad nos torna más esclavos, no de quienes controlan la red (que ya es un hecho), sino de nuestras inmundicias, ignorancias, reacciones y apreciaciones más inmediatas y elementales? ¿Quién puede hablar con sensatez? ¿Alguien escucha, entiende, comprende y reacciona?
La masa extasiada se arroga el triunfo de exhibir a unos y a otros sobre este o aquel proceder inadecuado, inmoral, abusivo, pero no repara en una cuestión nuclear: anunciar en redes sociales no significa lo mismo que denunciar, puesto que lo segundo sólo puede realizarse ante instancias correspondientes (¿o no?). No obstante, el nuevo Ministerio Público es la Red. Yo acuso que… escrito, tageado, publicado, visto y compartido: Quod enim scriptum est!
La noción de justicia y reparación de daños empieza y culmina en la satisfacción de la viralización de aquello de(a)nunciado: a más reproducciones, compartidos, “vistos” y likeados, mayor sensación de deber cumplido. Si bien hablar es una manera de liberarse, no basta la palabra enunciada y escuchada para devenir justicia.
Lo dicho: decir en redes sociales no es denunciar. Menos aún lo es escribir y compartir lo escrito de manera ligera, irreflexiva, sosa. Si la ciudadanía en el día a día de las personas no termina por ser un “derecho a tener derechos” con plenitud, es ingenuo creer que existe una ciudadanía virtual por el sólo hecho de que existen ágoras, oradores y públicos reales/virtuales a “la carta”.

El potencial de un mensaje en la red es insospechado. Quizá haya que comenzar a conducirse con mesura y aprender que nada es inocente en aquello que se dice que, al mismo tiempo, no tiene que ser necesariamente tóxico. Las palabras hacen cosas. Pero también las deshacen. Un neoconservadurismo asoma en esa supuesta libertad de decirlo todo. Nuevas formas de control se activan en estas dinámicas de aparente espontaneidad o disfrazadas de autoridad: la posverdad y las fake news son los caballos de Troya de las odiseas de estos tiempos. Ni novedosos ni invencibles. 
La cicuta de aquel adagio: el que no está conmigo, está contra mí, se mantiene activa. Hay que evitar beberla, aunque sea mucha la sed.

viernes, 9 de junio de 2017

Reconocimiento público, desconocimiento privado

Vivir en este país supone sobrevivir en la ambigüedad, lo paradójico, la contradicción, la bipolaridad; trabajar en la Universidad Veracruzana, muchas veces, también supone hacerlo dentro de esa contradicción.
En mayo de 2017, recibí de manos de la Rectora el “Reconocimiento por sus méritos académicos que le han merecido ser galardonados por Organismos Nacionales o Internacionales”, y de parte de la misma institución, experimenté la imposibilidad de acceder a créditos que me permitieran comprar libros durante la pasada Feria Internacional del Libro Universitario de la Universidad Veracruzana. Pero además, he tenido que penar para poder ‘actualizar’ mi usuario y contraseña institucionales.
De suerte, que la misma Universidad Veracruzana que me reconoce, me desconoce al mismo tiempo. Me otorga un diploma (que ni foto oficial extra incluyó) y me bloquea el acceso a recursos que me procuran mayores beneficios para mi formación profesional, docente, personal y desde luego, como ciudadano del mundo.
Soy un sujeto crítico que incomoda la más de las veces, porque no tengo reparos en señalar la contradicción, desde luego que esta actitud me genera sinsabores, rechazos, desacuerdos y granjea enemistades; asumo tales costes porque vivo lo más cercano al cumplimiento de las normas, pero casi siempre bordeando la ilegalidad, en tanto que acatar las reglas en este país presupone, su desobediencia o incumplimiento, de suerte que cumplirlas lo torna a uno desleal y paralegal.
Así, nacido mexica y vivido en mexicaland toda mi existencia, excepto durante mis prolongadas y constantes estancias en el extranjero (es broma, por supuesto), sigo sin entender por qué en este paisito es más redituable la irresponsabilidad que el compromiso puntual de los compromisos.
Vivir en estos tiempos es hacerlo en y desde la contradicción. Y no creo que la causa sea la posmodernidad (solamente) y la violencia de estos tiempos (nada más), ni la precariedad y vulnerabilidad acrecentadas en este siglo (sin duda, la historia de la humanidad ha sido así), sino la ir/responsabilidad humana, que incide más eficazmente en el sistema (somos parte del sistema) que el sistema (en tanto abstracción) institucional mismo.
Lo dicho, reconocer al mismo tiempo que se desconoce: Welcome a to Mexicaland.


lunes, 5 de junio de 2017

UN DÍA DESPUÉS...

Ya me contarás cuando pase la borrachera.
Lunes cinco de junio. Por doquier se lee y oye: por fin sacamos al PRI de aquí, allá, acullá y más allá. Bravo. Cada quien se da las alegrías que puede, a mí con vivir ya me basta. Pero casi nadie repara en que esa manera de ingenua celebración evidencia al menos dos realidades:
1. Lo refieren como si dicho partido hubiese sido una imposición brutal en la que una gran revolución murió debido a ello, esto es, se desmarcan de la responsabilidad que tuvieron durante muchos años al votar o no hacerlo, al aceptar los regalos de la maquinaria partidista, con su indiferencia, sus quejas que nunca se convirtieron en acciones de cambio o de resistencia y más.
Es decir, ese PRI maldito del que yo me lavo las manos, al fin se fue. Llegó solo y solo se fue (caso de que sea cierto, por supuesto) y yo ciudadano no asumo la ir/responsabilidad que tengo de ello.
2. Creer que los otros partidos son mejor que el que se marchó revela: ignorancia de que la clase política de este país se divide entre tres: los peores, los más peores y las pequeñas excepciones. La mayoría de las candidatas y candidatos de las otras formaciones partidistas (que no políticas) han mamado del sistema hegemónico impuesto por el “difunto”, ergo, distan mucho de ser una mejor opción a ello. Pruebas de lo malsano de esta ilusión son las alianzas “anti natura” entre “ideologías” de uno u otro extremo del espectro partidista (que no político, insisto), por no señalar el ideario, las propuestas, los intereses que insisten defender y evidencian atacar, recuérdese a quienes defienden la familia y valores tradicionales o a aquél que sometería a referéndum los derechos de otros, por citar un par de ejemplos.
¿Que qué quiero? Todo, porque a mí nada me está.
Pero me preocupa que en el éxtasis del “ya la hicimos”, “lo logramos”, “ahora, sí” no se vea que en realidad, la diferencia entre unas u otras opciones no son muchas, porque los partidos y sus dirigentes no son cuerpos ajenos a la comunidad que dicen representar, quiero decir, la ciudadanía en su dejadez cotidiana es parte de esas taras, vicios, manías, corrupciones y más… si no hay un cambio personal y un compromiso con el otro, la realidad se modifica poco.
Ya me contarás cuando pase la borrachera. Me gustará tanto poder decir, habría querido equivocarme, pero “yo, te lo dije”.

viernes, 10 de marzo de 2017

¿Luzio heterosexual?




No me gusta la foto de Luzio, la mascota de la UV, acompañado por una ‘halcona’. Desconozco las razones por las cuales “no es bueno que esté solo” y se consideró necesario darle una compañera; porque es visiblemente identificable como femenina la mascota.
Desde su aparición, celebré la existencia de Luzio, porque inmediatamente consiguió, lo que a mí parecer, faltaba a la universidad: un factor de cohesión, identificación, orgullo entre la comunidad universitaria. Y Luzio (recuerdo la respuesta favorable que supuso la convocatoria para escoger su nombre) lo logró muy pronto. La comunidad estudiantil, en adelante, podía estar en desacuerdo con algunas o varias cuestiones universitarias, pero la simpatía mostrada por la mascota parece estar más allá de esas diferencias y disensos. Aunque no me gusta el nombre, me agrada la existencia de Luzio.
Pero ahora, la mascota que identificaba como punto de encuentro de la comunidad estudiantil, me parece que se ha decidido sólo por una parte de ésta: la heterosexual. Asumo que mi lectura de Luzio más “Luzia” (desconozco el nombre ésta) puede estar sesgada, prejuiciada y adelantándose a cuestiones que tal vez no están presentes en la intención de promover una mascota más otra, más bien: una mascota junto a la otra. Pero tampoco hay que ser ingenuo para descartar posibles lecturas entre líneas y detrás de éstas en la formulación de este concepto mascoteril.
¿Las mascotas de otras universidades tienen pareja o compañía? ¿Cómo son o quiénes son esas parejas? ¿Cuál es la razón de crearle una compañía a la mascota oficial de la universidad? Porque si la intención de Luzio más “Luzia” es crear equidad, representar a los dos géneros, masculino y femenino, también se sesga la noción (imposición) de la existencia de únicamente dos géneros. Si es así, que se trate de mascota-masculino más mascota-femenino el asunto me resulta más chocante todavía. Porque el discurso institucional apuesta por la diversidad, la pluralidad, la multiculturalidad e interculturalidad, la sostenibilidad y según leo, también por el binarismo sexo-genérico: “macho y hembra los creo dios” y masculino y femenino los representó la universidad.
A reserva de que mi mirada esté sesgada y prejuiciada, insisto, lo que leo es la manía por generizar; trampa o imposición en la que ha caído la institución. Supongamos que no nos habíamos dado cuenta del género (masculino) de Luzio: porque no nos percatamos, no era necesario, era obvio, entre otras; al colocarle una mascota “hembra”, puesto que está deliberadamente generizada (estereotipos de lo que se asume tradicionalmente como femenino), Luzio se regeneriza (no hay que ser teórico de los estudios de género para darse cuenta de ello) y en consecuencia, se obvia la heterosexualidad que está ligada esencialistamente con la masculinidad y la feminidad; y hasta entonces no preguntada ni cuestionada ni nombrada por carecer de necesidad de hacerlo, pues se asumía como tal. No se problematizaba. Si la cuestión va por defender la siempre enriquecedora amistad entre “lo masculino” y “lo femenino”; he pecado de soberbia.
De no ser así, al nombrarse (representarse en ambas aves con distinciones de sexo y de género) tales variables: masculino, femenino y heterosexualidad, la mentada pluralidad de la institución se topa con lo excluyente, lo exclusivo, lo fácil, lo dado, lo obvio, lo normal.

No me interesa ver a un Luzio “diverso”, pero sí a un Luzio inclusivo. ¿Era necesaria emparejarlo, darle compañía? ¿Era muy grande la soledad de Luzio? De ser así, se pudo apostar por un grupo de amistades que dieran cuenta de la pluralidad, diversidad, multiculturalidad e interculturalidad, presente en la institución. Pero así como lo veo, lo que prima es la urgencia por no hacerlo sentir (lucir, parecer) solo, y qué mejor que una compañera, para que parezca que hay equidad. ¿Luzio heterosexual? Que alguien entendido me lo explique. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

DESAPARECER NO ES UN VERBO


La RAE señala que el verbo desaparecer es intransitivo, por lo tanto, la oración no requiere de un complemento directo para que ésta tenga sentido. De suerte que es posible afirmar: “(yo) desaparezco”, sin necesidad de agregar más al enunciado; en el predicado queda manifiesta (se supone) la acción del sujeto.
Sin embargo, más allá de las gramáticas existe una realidad que a fuer de su cotidianeidad termina por obviarse. Me refiero a la desaparición forzada (que no es pleonasmo) que han sufrido miles de personas durante los últimos años en este país; situación agravada por la denominada “lucha contra el narcotráfico” (eufemismo para no nombrar lo que debería ser nombrado puntualmente).
Por lo anterior, es común escuchar en voz de periodistas, ONGs, portavoces gubernamentales y otras instancias que la cifra de desaparecidos es tal o que se acrecienta o que es inexacta. La imprecisión, a mí parecer, no es la cantidad, sino la nombradía que se hace de estas personas que han dejado de estar a la vista o ser perceptibles a los demás; puesto que la acción de desaparecer no ha sido ejecutada de manera voluntaria por los propios sujetos (los que están ausentes) sino por alguien más.
De modo que más que referirse a estos como desaparecidos, habría que decir quienes han sido desaparecidos. Lo cual hace que el verbo mude de pretérito perfecto (¡qué ironía!) del modo indicativo (“yo he desaparecido”) a una perífrasis verbal (“ha sido desaparecido”) y con ello, recuperar (hacer visible) y reconocer la condición de víctima de quien ha sido ausentado a fuerza y acusar la responsabilidad (de la naturaleza que conste) al agente que ha causado la desaparición.
Refiero lo anterior porque el emplear una y otra vez la expresión ‘desaparecidos’ permite eludir el gravamen de quienes han participado en este crimen de lesa humanidad (oh, sí, exagero) y en cambio culpa a priori a quien ha sido desaparecido (se entiende que contra su voluntad). De ahí que no sean pocas las voces que sarcásticamente señalan que “los ausentes” no están desaparecidas si no sin reportarse: “no son desaparecidos sino personas no localizadas”, respondió Monte Alejandro Rubido Aguilar, titular de la Comisión Nacional de Seguridad, al Informe del Comité contra las Desapariciones Forzadas de la ONU, en marzo de 2015.
Palabras que muestran no solamente la pobreza intelectual de quienes las expresan, sino que evidencian su calidad humana y la irresponsabilidad con la que asumen los compromisos a su cargo. Puedo apostar que a estos sujetos ningún ser cercano o querido se les ha ausentado sin reportarse ni se les ha culpado tácitamente de su estado de ausencia; de lo contrario opinarían (sentirían) diferente. Porque a la zozobra que genera desconocer el paradero de un familiar, una amistad, un vecino, hay que sumar (y aguantar) la acusación implícita que se hace respecto a esta situación, al señalarse de que si está ausente es por su propia voluntad.
Y ya he afirmado que uno no (se) desaparece: es desaparecido. Hay una acción violenta en expresarlo así: desaparecido (como un sustantivo), puesto que en este acto no media la volición sino una imposición que les coloca (a quienes están ausentes) en una situación limítrofe entre la existencia y la muerte (“Si no están, no existen y como no existen no están. Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos, ni muertos”, dixit Videla), amén de cometer una flagrante violación contra los derechos humanos de quienes sufren dicha acción y el calvario que deviene para los familiares y amistades en la interminable búsqueda de quien les han sido arrebatados.
Desaparecer no es un verbo intransitivo, es una desgracia, una injusticia, un ejercicio del poder cuya arbitrariedad determina quién puede existir y ser visible, y quién sólo puede “estar” en su condición de ausente; es un estado agravado de la precariedad, puesto que no es desaparecido cualquiera, sino quien ya gozaba de poca visibilidad social, de escaso o nulo reconocimiento humano o carecía de una valoración digna: son desaparecidos, la mayoría de las veces, quienes ya estaban al margen de las múltiples periferias. Quizá por ello, paradójicamente, reciben cierta nombradía digna en la expresión: desaparecidos, puesto que quien los enuncia es precisamente quien ya no los consideraba presentes.

Desaparecer debería desaparecer de nuestra gramática cotidiana y dar lugar a la aparición de inaplazables formas de reconocimiento de las múltiples subjetividades que habitamos este país y dar cabida a un escenario donde sea posible aparecer, ser, estar, vivir con dignidad, de manera responsable, justa, reflexiva y sentida.

FOLLA A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO


Hubo un tiempo en el cual el encuentro erótico-sexual fugaz, clandestino, anónimo, temerario (con su alta dosis de alto riesgo y letal) fue característico de quienes se oponían a las reglas del amor romántico, el flirteo y la monogamia. Cuerpos sexuados que vivían el deseo de su carnalidad más allá de las exigencias y limitaciones de la heterosexualidad y la homosexualidad que como raíles conducen, normalizan y totalizan las maneras “correctas” para vivir el deseo.
Hubo un tiempo en que fue posible ser radical.
La sociedad consumista que vende-compra satisfactores para necesidades inventadas más que requeridas, ha impuesto sus cánones en todos los ámbitos de la cotidianidad humana, ello incluye también las dinámicas del deseo que se han higienizado de tal modo que la promiscuidad resulta la “peor” de las acciones y en su contra se defiende una fidelidad a ultranza.
¿Qué es la fidelidad sino un corset para la vivencia humana? Se fideliza al cliente, al consumidor, al empleado, al creyente; ahí donde se fideliza, se esclaviza, se aliena, se arrebata la posibilidad de agencia. Fidelizar es obedecer. Y quien obedece no reflexiona.
Mujeres y hombres buscan con ahínco (así en la realidad como en el universo virtual) el amor, pero no como experiencia y construcción de la subjetividad, sino como una suerte de ortopedia existencial en la que se tiene a alguien a quien declarar dueño de los sentimientos, pensamientos y acciones; a quien reclamar atenciones y favores; a quien servir para sentirse útil y dotar de sentido la propia existencia, es decir, el amor como excusa para sobrevivir la vaciedad de una vida consumista, ergo, insatisfecha.
De esos “amorosos” me guardo. Seres (la más de las veces) pusilánimes, resentidos, egoístas, ignaros, superfluos que exigen encontrar en el otro lo que adolecen en sí mismos. Si el amor es carencia, déficit, búsqueda de sí en las fronteras del otro: en tiempos de la hetero/homonormatividad, buscar, hallar y poseer “el amor” es el mandato y el vector que vehicula y justifica todas las ansias, las dolencias, los pequeños triunfos que enmascaran grandes derrotas que in/satisfacen la vivencia diaria.
Por ello, se coge higiénicamente: hombre y mujer, hombre con hombre, mujer con mujer, pero siempre guiados por el amor (romántico) y el deseo (normativizado), lejos de excesos, excentricidades, anormalidades, con fantasías validadas por el establishment que devienen prácticas permitidas (y sólo las permitidas) que excluyen todo aquello que ensucia el marco aséptico de lo que cabe en la expresión “hacer el amor”.
Se coge coitocéntricamente. En la escena sexual sólo toman parte los genitales y solamente en las posturas que deben participar; fuera queda lo erótico y lo afectivo, porque ello supondría abrir las posibilidades del ejercicio de una sexualidad integral, plena, de verdad satisfactoria… porque ello demanda corresponsabilidad, respeto, cuidado. Y es más fácil “hacer el amor” (que mandata y no reconoce derechos) que follar, que exige todo.
Las demandas de compañía (exigencias) ocultan la urgencia de un satisfactor que colme momentáneamente el abismo propio disimuladas bajo requisitos como: busco a alguien a quien le interesen los buenos sentimientos (¿cuáles son los malos?), el físico no importa (pero los piden jóvenes y delgados), quiero a alguien fiel (que buscan en páginas electrónicas para encuentros sexuales), no busco sexo (pero se interroga sobre la forma, el tamaño, los modos de los genitales), entre otras expresiones, manifiestan la premura por cumplir el mandato de un sistema heterosexual y generizado (sólo masculino-femenino) que ha absorbido, en su pretendida corrección, muchas de las antiguas desobediencias sexuales, afectivas y emotivas amparado en un discurso de la prevención, la higienización, la exclusión de lo extraño, lo raro, lo anómalo. Se manda “hacer el amor” aunque con ello se deshaga el cuerpo carnal y emotivo, se amputen zonas de la subjetividad y se restrinja el goce.
La respuesta es la desobediencia. Deshacer el amor como una estrategia de reapropiación del cuerpo propio para compartirlo libre y responsablemente. Yo prefiero follar que es una forma de re/conocer al otro y a sí mismo. Follo con todo el cuerpo, pero también con la mente y los afectos, con inteligencia e irracionalidad (sin guiones ni presupuestos, lo más espontáneo posible, si cabe). Follo con quien sea posible, pero sobre todo conmigo. Follo porque puedo.


SOBRE EL RECONOCIMIENTO SEGÚN AXEL HONNETH: AMOR, JUSTICIA Y SOLIDARIDAD

El mandato bíblico ordena amar al prójimo como a uno mismo. Pero la ordenanza no es un vector que se desplace de manera inmediata, lineal e irreversible; llevar a cabo tal consigna obliga a cubrir antes la cuota de amor hacia uno mismo. La noción de despojo y la inmolación como acto amoroso por excelencia es una farsa. No es posible dar lo que no se tiene. Otras interpretaciones, sin embargo, son posibles.
La “invención” del otro acontece a través de los variados procesos de socialización a los cuales somos expuestos (obligados, pues) desde que nacemos. Las diversas instituciones que van forjando nuestro estado silvestre para dar paso a un estado civilizado que nos permita vivir en la escena social, insisten en la existencia de ese otro (plural, diverso, extraño, ajeno y a veces no deseado) que no obstante, debemos considerar en el día a día.
Monsergas del tipo: “respeta a tus mayores”, “sé amable con los demás”, “atiende a lo que manda la autoridad”, “obedece, porque soy tu padre”, “tú hazlo y no preguntes por qué”, entre otras perlas de florilegio aleccionador (atontador, casi siempre) forman parte de la pedagogía de la civilidad (una pretensión de civilidad) en la que poco o nada importa el sujeto, sino el cumplimiento de aquello que permite el funcionamiento conveniente de un sistema social que es también económico, político, sexual, de género, entre otros; de suerte que el éste ve reducida su valoración como tal en aras de su inserción (casi) autómata y (a veces) servil en el sistema.
Ningunear es un deporte nacional en México. Por ello, expresiones como amor, justicia y solidaridad devienen palabras que la mayoría identifica como parte de un léxico, pero que pocos son capaces de sentir como propias, en el sentido de que no se ha experimentado la dimensión amorosa, justa y solidaria en sí mismo. A veces, en este momento el sujeto cae en la cuenta del despojo del que es (o ha sido) objeto. Otras, simplemente le parece que eso no le toca o corresponde. El tema demanda muchas páginas y horas de lectura crítica y reflexión, pero señalaré a grandes rasgos, cómo la propuesta de Axel Honneth puede dotar de “sentido” y de dignidad al sujeto a partir del reclamo de reconocimiento.
Honneth se inserta dentro de la tradición de la Escuela de Frankfurt, en la que se conoce como “tercera generación”, y es uno de los más destacados teóricos del reconocimiento, dentro de los cuales también se identifica a Charles Taylor y Tzvetan Todorov (Tello, 2011:46). El autor alemán afirma que el reconocimiento es el elemento fundamental de constitución de la subjetividad humana. En otras palabras, si alguien no es reconocido, entonces carece de estatus de persona y deviene alguien dañado, y los daños serán tanto más graves cuanto más profundo dañen la estructura de la personalidad de los sujetos (Honneth, 1999:27).
Para intentar comprender lo anterior, expongo de manera breve y somera cómo funciona el reconocimiento según la propuesta de Honneth, lo cual plantea a través de la existencia de tres esferas en las que está inserto el sujeto: la esfera del amor, la esfera del derecho y la esfera del reconocimiento social. A la primera corresponde el cuidado y la atención; la expresión de los derechos universales, a la segunda, y finalmente, la solidaridad.
Cualquier falta o carencia en alguna de estas esferas procurará al sujeto una serie de daños que atentan contra su dignidad en tanto que lesionan su posibilidad de reconocimiento. Lo anterior puede llevarnos a pensar en las múltiples formas cotidianas en las que día con día somos disminuidos o despojados de reconocimiento. Algunos ejemplos de estos perjuicios ordinarios son, de acuerdo con Honneth, el maltrato, la violación, la tortura y la muerte; la desposesión de derechos, estafa y discriminación; injuria y estigmatización social (Tello, 2011:47).
Basta reflexionar al respecto para caer en la cuenta de los modos sutiles o no, mediante los cuales opera la desposesión de reconocimiento y de dignidad humanos. Formamos parte de la maquinara que opera puntualmente dotando o despojando de reconocimiento a los sujetos. Así, la valoración social (de la que participamos todos) deviene un parámetro que registra mayor o menor reconocimiento. Los ejemplos abundan: el estudiante que por sus rasgos faciales, su anatomía, el color de su piel y por su apariencia es rechazado de ciertos círculos académicos y públicos; la mujer que tiene vedado el acceso a ciertos espacios y ámbitos por su condición de género, pero que dicho veto se disfraza bajo otras variables como la edad o el riesgo físico; el niño apartado de los otros infantes porque su conducta sexo-genérica no corresponde a la que se espera de él (según su anatomía); el varón que debe “educar” su lengua para ser partícipe de determinados espacios donde hay un poder masculino hegemónico que dicta los modos y tiempos de expresión; los vigilantes y porteros que franquean la entrada de múltiples sitios y que determinan (en función de lo que leen e interpretan del sujeto) quién ingresa y quién no puede hacerlo, entre muchos otros.
Vivir estas experiencias de no-reconocimiento y no reaccionar ante ellas (ni siquiera mediante la queja o la incomodidad) da cuenta de cómo el daño causado en la subjetividad de bastantes ha conseguido tornarlos seres acríticos, subordinados, resignados a unas dinámicas sociales que existen pero no por mandato divino ni social, sino que han sido construidas e impuestas a fuer de rutina e institucionalización, probadas y valoradas por su aparente eficacia, pero a todas luces injustas, discriminatorias, indignas y arbitrarias. Lo contrario al reconocimiento es la cosificación, asegura Honneth.
Reclamar reconocimiento implica no solamente reconocer al otro como alguien digno de amor, de derechos y de dignidad, pasa también por desmontar la educación sentimental recibida a lo largo de la vida: el amor no es un premio de consolación, no se puede amar si antes no se ama a uno mismo, la dignidad es integral o no lo es, los derechos se ejercen a plenitud so pena de no serlos. Ser en comunidad pasa por reconocer la integridad del otro.  Quizá sea necesario reescribir la consigna bíblica: demanda reconocimiento de tu prójimo para que puedas reconocerlo como a ti mismo.

Referencias
Honnet, A. (1992) “Integridad y desprecio. Motivos básicos de una concepción de la moral desde la teoría del reconocimiento”, Isegoría, No. 5, pp. 78-92.

Tello Navarro, F. H. (2011) “Las esferas de reconocimiento en la teoría de Axel Honnet”, en Revista de Sociología, No. 26, pp. 45-57